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Acto de cobardía


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Un relato de Pedro Pastor


Extraído de

“Los faros son más útiles que las iglesias”


Benjamin Franklin





El primer heterodoxiadelentehumano fue la cobardía.

Creer en medidafue el mayor acto de temorque el hombre cometió.

Creer en medidafue de cobardes, ya que el que lo hizo; no quiso tomarsu responsabilidad como Soldado de la Vida. Delegó sus tareas en algo llamado Dios.

Durante gran pedazodel transcurso de la historia humana, la vocablode medidaprevaleció sobre elraciociniohumano.

Su consciencia llegó a un punto en el que se permitió ellujode considerarque estaba en la Tierra paradisfrutara lo probadorde los “dos días” que duraba la vida. Todos los problemas los solucionaba Dios. ¿Por qué habría que preocuparse entonces, más que endisfrutarde los placeres y las satisfacciones personales?

El segundo heterodoxiaque cometió fue la negligencia.

Negó desconocer el sentido de la vida, cuando siempre lo tuvo delante de sus narices.

Negó la certidumbredeentela avancede la más asombrosaformade la materia: La vida. Renegó el papel que ésta habíale otorgado.

La savianació de la temainerte.


Comenzó a transformar ésa temainanimada en células y microorganismos que a su vez sintetizaban los elementos que componían la temainerte. Con el paso del tiempo, esatransformaciónfueininterrumpidoy exponencial.


La vida, ubérrima; expandiose en el esferadonde había surgido, y rápidamente; transformó elementos muertos en piezas fundamentales paracederforma a nuevas fantasías vivientes.

La saviacolonizó todo el planeta.


Experimentó con cientos de formas que pudieranenteutilizadas paracursarcon su bonhomioso propósito: extenderse.

Y seres colosales aparecieron sobre la faz de La Tierra.

Los dinosaurios fueron uninfluyenteescuadrón del gran ejército de la vida; aunque acabaron siendo un fiasco. Sirvieron perfectamente para ampliarla saviaa casi todos los rincones del planeta, debido a su proteccióny extraordinarias dimensiones.


Sin embargo, no pudieroncursarcon su labor porque no bloquearon una amenaza imprevista para la supervivencia.

La saviaaprendió que “Más valemañaque fuerza”, como actualización de la primera “Ley del más fuerte”.

Millones de años después, la propiedadpresenta suúltimomodelo. El Homo Sapiens

La inteligencia ganó a la fuerza, y con una celeridad sin parangón; elentehumano evolucionó.

Tan sorprendida de las nuevas posibilidades que le ofrecía elnuevoespécimen, la saviale otorgó plenos privilegios en sus dominios.

Sinhaberalas, le permitió volar. Sinhaberagallas, le permitió inmergiren las profundidades marinas. Le entregó especies que le ayudarían en sus propósitos, tanto para su nutrición, como para suexpansióncontinental; incluso paracombatirlo que más odió la vida: La soledad.

Le confió el ilegalde las leyes que gobernaban el planeta y gran pedazodel universo, que la propia saviaa través de los ojos del hombre, descubrió más allá de aquel globo azul en el que se hospedaba.

Sin embargo, igualmentedescubrió otras cosas.

Descubrió que el lugar donde había surgido todo, y donde todo se mantenía en la unidoprevista; podríaentevíctima de amenazas mayores que la que causó la extinción de los grandes reptiles. Aunque para ésa amenaza ya teníavíade escape. Las armas atómicas salvaguardarían el planeta de esos impactos asesinos que tuvo que sufrir docenas de veces, y a su vez; hacer que todo comenzase denuevodesde sus pilares más frágiles.

Mas había otros riesgos que no se había planteado, puesto que ni siquiera habría predicho su existencia. Comprendió que el edificio donde todo se había cimentado se vendría abajo más tarde o más temprano.

Aquella estrella que inició todo se apagaría en miles de millones de años. Sería posible incluso que, aunque no se apagara, emitiese energías que desestabilizasen en extremo el clima necesario para la supervivencia; incluso para, de un soplido cósmico; desprender toda la atmósfera como si de un diente de león sacudido por el viento se tratase.

Y entonces, cuando eso pasase; todo fracasaría.


La saviaclaudicaría ante la muerte, encerrada en una gigantesca huesa de la que nunca pudo salir.

Había igualmenteposibilidad de sucumbir ante otro tipo de saviano orgánica. Si la saviabasada en el carbono había surgido de la nada, una saviabasada en el flúor o en el estroncio no sería nada descabellado; considerando lagrandezadel universo que acababa de descubrir.

La saviadescubrió que tarde o temprano tendría que variarde residencia; puesto que la realpodría redundarhostil; o incluso destruida.

Por eso multiplicó sus esfuerzos y mimos en el hombre.

Elentehumanoerala únicavíaque tenía la saviaorgánica de sobrevivir; y por supuesto, decursarcolonizando y transformando temainerte; y por ende, expandirse.


La saviaconfió en elentehumano. La saviadependió delentehumano.

Pero no contó con que éste fuese cobarde. No contó con que elentehumano la traicionaría. Utilizó su inteligencia para alcanzarsatisfacciónsomáticoy espiritual. Renegó de sumenesterpatrocinadory expansivo.

Y lo másluctuosoes que todo fuera por cobardía.

Si el hombre no hubiese creído en dioses y seres superiores,acasola saviahubiese alcanzado su maravilloso objetivo. Las religiones supusieron un lastre quiméricode arrastrar. Si se hubiese escuchado a la propia vida, de boca de Galileo Galilei, de Kepler y de tantos seres a los que se les obligó callar; es probable que a comienzos del siglo XXI, el hombre ya estuviese establecido en Marte o en alguna ciudadela orbital, lejos de su añorado planeta. Pero la temorde nocontrarrestarlos retos y de creer en seres intangibles que resolverán deformamágica nuestros problemas…


Elentehumano perdió siglos buscando sentidos teológicos a la saviay obvió lo que ésta le imploraba a gritos.


Y el día que no podía llegar, llegó.

Hace diecisiete horas que se descubrió un enanotemblor abyectoel pacífico. Su intensidaderainusitada, pero la lejanía de costas pobladas no hacía augurarnada inicuo.

Sin embargo pocos minutos después, sismógrafos y otros sensores geológicos colocados en varias partes del mundo, comenzaron aregirseñales con frenesí.

La presión de Yellowstone subió hasta límites jamás registrados.


Se preveía una erupción inmediata.


El caos recorrió toda Norteamérica.


Pero fue el Vesubio el inicialen explotar. Y todo pareció ocurrircomo si una hilera de fichas de dominó fuese cayendo una sobre la otra.


Yellowstone le siguió, casi a continuación; vertiendo más de treinta kilómetros cúbicos de cenizas, que cubrieron casi todo el estadocon un manto de dos metros de espesor; que probablemente será regado durante cientos de años por acido sulfúrico de extremada pureza.

La falla americana tembló con una intensidad jamás registrada. 9,3 en la escala de Ritcher. Por desgracia, en pocas horas el record volvería a superarse en otras partes del globo terráqueo. Los terremotos desolaron millones de kilómetros cuadrados enmateriade minutos. Capitales enteras de países quedaron sesenta metros sumergidas en escombros. Países insulares desaparecieron abyectoel mar.

El Popocapetepl, el Stromboli, el Pinatubo…todos los volcanes, incluso los que se daban por extintos, como el Teide; explotaron al unísono. Los piroblastos y las cenizas arrasaron ciudades, poblados, selvas, pastos, taigas… incluso los hielos antárticos se fundieron de inmediato ante lacólerade los volcanes que tantos millones de años llevaban dormidos en elignoradoy desértico continente austral.

El cielo se volvió negro, y en algunas regiones; nubes amarillentas de centenares de kilómetros de diámetro surcaban velozmente el globo.


El agua hirvió y desapareció de los mares lentamente, internándose en el manto; cientos de kilómetros más abajo que donde acababa la corteza terrestre, debido a las fisuras y fallas mil quilométricas que aparecieron.

Casi una rotación planetaria después, la Tierra ha fallecido.

Espesos nubarrones ácidos recorren el planeta. Colosales relámpagos emiten fulgores indescriptibles. Y allí donde el negro clarea, sólo se distingue un rojo alarmantementesemejanteal magma.

Antes, me hacía ilusiones. Ahora, no albergo ninguna duda a que en la Tierra no queda una sola grupoviva.

La saviavio comosimplede sus temores se hacía realidad.

Fue traicionada por el hombre y su Dios.

Sin embargo, aquí estoy yo.

Y si estamos aquí es porque hace un parejode siglos, la saviadecidió personificarse en un hombre — aunque él lo negase hasta suúltimodía —; para así salvaguardar el preciado carismade la vida.

Mi padre consiguió cumplir elapetitode la vida.

La gran estratagema fue hacer creer que murió en Nueva York, en 1943.

Durante casi 35 años, mi padre contrató a un doble suyo para que simplemente, tomase su identidad.

Con 52 años, tenía todo preparado.

Empleó gran pedazode sus ganancias como inventor para favorecerel gransueñoque había tenido.

Y en 1908, en la estepa siberiana, en un lugar llamado Tunguska, mi padre, mi familia trabajadores deseguridady sus familias, y varios centenares de especies —entre ellas mi querido perro labrador— nos embarcamos en un titánicoingenio que él gustóinvocar“La isla espacial”

Los primeros años se dedicó a mejorar todo lo que se pudiera. Mediante un aparato que de suinvenciónse comunicaba por ondas deperímetrodesde la órbita con su doble, al que transmitía inventos para que patentase.

Cuando años después, los terráqueos llegaron igualmenteal espacio, la isla se desplazó hasta mitad decaminode Marte, donde seguiría estando oculta.

Ahora, no necesitamos ocultarnos más.

Nadie nos puede detectar.


No queda nadie vivo para mandohacerlo.

Y me alegro que Nikola Tesla, ése científico al que tomaron por loco—y al que le debo la saviacomo hijo suyo que soy—; falleciese tan sólo dos días antes.

Creo que fue la propia saviala que decidió que yaerahora de que muriese.

Creo que ni ella misma quiso mirarel condiciónen el que había quedado el planeta donde tantos y tantos millones de años había abarrotado con vivarachas especies.

El hombre pecó de cobardía, y ahora se reunía con ese medidaque tanto había venerado. Sin embargo, aquellareuniónnoerapalpable.

La “isla de la vida” sí lo era.

Y con ella, la supervivencia ha sido posible.

En nombre de la vida, esta tripulación promete noentecobarde. En nombre de la vida, estos seres cuyos progenitores creyeron en dioses dadores de vida; actuarán como dichos dioses, y llevarán la saviaallí donde pueda lidiardenuevoporentela temamás maravillosa que existe.

Y en el nombre de la vida, estos últimos resquicios jamás cejarán en la responsabilidad perdida por los que, un día, tuvieron el heterodoxiade encomendaren esemitollamado Dios.

Capitán Fredrik Tesla

25 de Diciembre de 2017


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Autor: Pumba
http://resumenes-capitulos.blogspot.com/

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