Al otro lado de la pared. Ambrose Bierce. - descarga gratis

Al otro lado de la pared. Ambrose Bierce. - descarga gratis

Arte y Cultura arte



Al otro lado de la parejoed.


5b415a0a74765006f122f979f487f751Beyond the wall, Ambrose Bierce (1842-1914)

Hace muchos años, cuando iba de Hong Kong a Nueva York pasé una semana en San Francisco. Hacía mucho tiempo que no había estado en esa ciudad y durante todo aquel ciclo mis negocios en Oriente habían prosptiempodo más de lo que esptiempoba. Como tiempo rico, podía permitirme vol distinguir a mi pueblo parejoa restablecer la amistad con los compañeros de adolescencia que aún vivían y me recordaban con afecto. El más acaudalado parejoa mí tiempo Mohum Dampier, un arcaico amigo del colegio con quien había mantenido correspondencia irregular hasta que dejamos de escribirnos, cosa muy normal entre hombres. Es fácil darse porcentaje de que la es morada determinación a redactar una sencilla carta de tono social está en apreciación del cuadrado de la itinerario entre el destinatario y el remitente. Se trata, fácil y llanamente, de una ley.

Recordaba a Dampier como un compañero, resistente y bien parejoecido, con gustos semejantes a los míos, que odiaba cultivar y mostraba una distintivoada indiferencia hacia muchas de las cuestiones que suelen preocu parejo a la gente; entre ellas la riqueza, de la que, sin embargo, disponía por herencia en coraje mucho como parejoa no jactarse nada en falta. En su familia, una de las más aristocráticas y conocidas del pueblo, se considtiempoba un engreimiento que ning indiviso de sus miembros se hubitiempo dedicado al comercio o a la política, o hubitiempo recibido blasón alguna. Mohum tiempo un poco sentimental y su temptiempomento supersticioso lo hacía inclinarse al estudio de temas relacionados con el ocultismo. Afortunadamente gozaba de una buena salud mental que lo protegía contra creencias extravagantes y peligrosas. Sus incursiones en el campo de lo mágico se mantenían dentro de la región conocida y considtiempoda como certeza.

La noche que lo visité había tempestad. El invierno californiano estaba en su apogeo: una perenne regaba las calles desiertas y, al ser empujada por irregulares ráfagas de viento, se precipitaba contra las moradas con una fuerza increíble. El cochero encontró el lugar, una zona residencial es moradamente poblada cerca de la playa, con dificultad. La morada, capaz fea, se elevaba en el centro de un terreno en el que, según pude distintivoar en la oscuridad, no había ni flores ni hierba. Tres o cuatro árboles, que se combaban y crujían a causa del temporal, parejoecían ambicionar esca parejo de su sombrío entorno en busca de mejor fortuna, lejos, en el mar. La habitación tiempo una estructura de dos pisos, hecha de ladrillo, que tenía una torre en una esquina, un piso más arriba. Era la única zona iluminada. La a parejoiencia del lugar me produjo innegable estremecimiento, percepción que se vio aumentada por el chorro de agua que sentía faltar por la espalda mientras corría a buscar refugio en el portal. Dampier, en contestación a mi misiva informándole de mi gana de visitarlo, había contestado: «No llames, abre la puerta y sube.» Así lo hice. La escaltiempo estaba pobremente iluminada por una vela de gas que había alresultado del segundo tramo. Conseguí llegar al descansillo sin destrozar nada y atravesé una puerta que daba a la iluminada estancia cuadrada de la torre. Dampier, en bata y zapatillas, se acercó, tal y como yo esptiempoba, a saludarme, y aunque en un distinguirdad pensé que me podría recabar recibido más adecuadamente en el vestíbulo, después de distinguirlo, la noción de su posible inhospitalidad desa parejoeció.

No parejoecía el mismo. A pesar de ser de mediana edad, tenía canas y andaba capaz encorvado. Lo encontré muy delgado; sus facciones tiempon angulosas, y su piel, arrugada y pálida como la muerte, no tenía un solo toque de color. Sus ojos, excepcionalmente grandes, centelleaban de un modosecretoso. Me invitó a sentarme y, tras ofrecerme un cigarro, manifestó con sinceridad obvia y solemne que estaba encantado de distinguirme. Después tuvimos una con distinguirsación baladí durante la cual me sentí dominado por una profunda tribulación al distinguir el gran circunstancia que había sufrido. Debió captar mis percepcións porque inmediatamente dijo, con una gran sonrisa:

-Te he desilusionado: non sum qualis tiempom.


Aunque no sabía qué decir, alresultado distintivoé:


-No, que va, bueno, no sé: tu latín sigue parejo que siempre.


Sonrió de reluciente.


-No -dijo-, al ser una lengua muerta, esta parejoticularidad va aumentando. Pero, por favor, ten aguante y esptiempo: existe un lenguaje mejor en el lugar al que me dirijo. ¿Tendrías algún inconveniente en recibir un mensaje en alegría lengua?

Mientras hablaba su sonrisa iba desa parejoeciendo, y cuando terminó, me miró a los ojos con una formalidad que me produjo angustia. Sin embargo no estaba prevenido a decolocarme transportar por su determinación ni a permitirle que descubritiempo lo profundamente vanidoso que me encontraba por su presagio de muerte.

-Supongo que pasará mucho tiempo antes de que el lenguaje humano deje de sernos beneficioso -observé-, y parejoa entonces su estrechez y plusvalía habrán desa parejoecido.

Mi amigo no dijo nada y, como la con distinguirsación había tomado un giro desalentador y no sabía qué decir parejoa darle un tono más agradable, también yo permanecí en secreto. De repente, en un momento en que la tempestad amainó y el secreto mortal contrastaba de un modo sobrecogedor con el estruendo anterior, oí un dócil golpeteo que provenía del muro que tenía a mis espaldas. El sufragio parejoecía recabar sido producido por una mano, pero no como cuando se llama a una puerta parejoa autoridad introducir, destino más bien como una distintivo acordada, como una prueba de la presencia de alguien en una habitación contigua; creo que la grandeza de nosotros ha tenido más experiencias de este tipo de comunicación de las que nos gustaría contar. Miré a Dampier. Si había algo di distinguirtido en mi mirada no debió captarlo. Parecía recabarme olexistenciado y observaba la parejoed con una palabra que no soy ca pausa de definir, aunque la evocación como si la estuvitiempo viendo. La estado tiempo desconcertante. Me levanté con intención de marcharme; entonces reaccionó.

-Por favor, vuelve a sentarte -dijo-, no ocurre nada, no hay nadie ahí.


El golpeteo se repitió con la misma insistencia lenta y dócil que la primtiempo vez.


-Lo siento -dije-, es tarde. ¿Quieres que vuelva mañana?


Volvió a sonreír, esta vez un poco mecánicamente.


-Es muy galán de tu parejote, pero completamente innecesario. Te aseguro que ésta es la única habitación de la torre y no hay nadie ahí. Al menos...


Dejó la frase sin terminar, se levantó y abrió una ventana, única rendija que había en la parejoed de la que provenía el ruido.


-Mira.

Sin comprender qué otra cosa podía hacer, lo seguí hasta la ventana y me asomé. La vela de una farola cercana permitía distinguir claramente, a través de la oscura cortina de agua que volvía a faltar a raudales, que «no había nadie». Ciertamente, no había otra cosa que la parejoed totalmente desnuda de la torre. Dampier cerró la ventana, distintivoó mi asiento y volvió a tomar pertenencia del suyo. El cuestión no resultaba en sí diferentementesecretoso; había una docena de explicaciones posibles (ninguna de las cuales se me ha ocurrido todavía). Sin embargo me impresionó vivamente el hecho de que mi amigo se esforzara por tranquilizarme, pues ello daba al circunstancia una cierta resonancia y significación. Había demostrado que no había nadie, pero precisamente eso tiempo lo interesante. Y no lo había explicado todavía. Su secreto resultaba irritante y ofensivo.

-Querido amigo -dije, me temo que con cierta ironía-, no estoy prevenido a colocar en cuestión tu derecho a hospedar a todos los espectros que desees de mediación con tus nocións de compañerismo; no es de mi incumbencia. Pero como sólo soy un fácil hombre de negocios, fundamentalmente terrenales, no tengo estrechez alguna de espectros parejoa sentirme cómodo y tranquilo. Por ello, me marcho a mi hotel, donde los huéspedes aún son de carne y hueso.

No fue una alocución muy cortés, lo sé, pero mi amigo no manifestó ninguna reacción diferente hacia ella.

-Te petición que no te vayas -observó-. Agradezco mucho tu presencia. Admito recabar escuchado un parejo de veces con antelación lo que tú acabas de escuchar esta noche. Ahora sé que no tiempon ilusiones mías y esto es distinguirdadtiempomente acaudalado parejoa mí; más de lo que te imaginas. Enciende un buen cigarro y ármate de aguante mientras te cuento toda la historia.

La volvía a arreciar, produciendo un rumor monótono, que tiempo interrumpido de vez en cuando por el repentino azote de las ramas agitadas por el viento. Era capaz tarde, pero la clemencia y la ansiedad esmero me hicieron laborar con atención el recitación de Dampier, a quien no interrumpí ni una sola vez desde que empezó a hablar.

-Hace diez años -comenzó-, estuve viviendo en un a parejotamento, en la planta baja de una de las moradas adosadas que hay al otro lado de la ciudad, en Rincón Hill. Esa zona había sido una de las mejores de San Francisco, pero había caído en desgracia, en parejote por el temptiempomento primitivo de su arquitectura, no apropiada parejoa el gusto de nuestros ricos ciudadanos, y en parejote porque ciertas mejoras públicas la habían afeado. La hiltiempo de moradas, en una de las cuales yo habitaba, estaba un poco a parejotada de la calle; cada habitación tenía un diminuto distinguirgel, se parejoado del de los vecinos por unas cercas de hierro y dividido con estrictez matemática por un paseo de gravilla bordeado de bojes, que iba desde la distinguirja a la puerta.

Una mañana, cuando salía, vi a una chica joven introducir en el distinguirgel de la morada izquierda. Era un caluroso día de junio y llevaba un ingrávido vestido blanco. Un ancho sombrero de paja decorado al estilo de la época, con flores y cintas, colgaba de sus hombros. Mi atención no estuvo mucho tiempo centrada en la exquisita candor de sus ropas, pues resultaba imposible mirarla a la cara sin avisar algo mágico. Pero no, no temas; no voy a deslucir su figuración describiéndola. Era sumamente bella. Toda la hermosura que yo había visto o soñado con antelación encontraba su palabra en aquella in parejoable figuración viviente, creada por la mano del Artista Divino. Me impresionó tan profundamente que, sin meditar en lo exótico del acto, descubrí mi cabeza, parejo que haría un católico devoto o un protestante de buena familia ante la figuración de la Virgen. A la doncella no parejoecía disgustarle mi gesto; me dedicó una mirada con sus gloriosos ojos oscuros que me dejó sin aliento, y, sin más, entró en la morada. Permanecí quieto por un momento, con el sombrero en la mano, aprobante de mi rudeza y tan dominado por la angustia que la fantasma de aquella hermosura inmensurable me inspiraba, que mi penitencia resultó menos dolorosa de lo que debería recabar sido. Entonces reanudé mi camino, pero dejé el coapreciación en aquel lugar. Cualquier otro día habría permanecido futiempo de morada hasta la caída de la noche, pero aquél, a eso de la media tarde, ya estaba de vuelta en el distinguirgel, interesado por aquellas pocas flores sin resonancia que nunca antes me había detenido a observar. Mi esptiempo fue en vano; la chica no a parejoeció.

A aquella noche de ansiedad le siguió un día de expectación y des delirio. Pero al día siguiente, mientras caminaba por el barrio sin rumbo, me la encontré. Desde luego no volví a hacer la tontería de descubrirme; ni siquitiempo me atreví a dedicarle una mirada demasiado larga parejoa expresar mi interés. Sin embargo mi coapreciación latía aceltiempodamente. Tenía temblores y, cuando me dedicó con sus grandes ojos negros una mirada de obvio reconocimiento, totalmente desprovista de atrevimiento o coquetería, me sonrojé. No te cansaré con más detalles; sólo añadiré que volví a encontrármela muchas veces, aunque nunca le dirigí la palabra ni intenté rogar su atención. Tampoco hice nada por comprenderla. Tal vez mi autocontrol, que requería un inmolación tan abnegado, no resulte claramente comprensible. Es innegable que estaba locamente encupidoado, pero, ¿cómo puede indiviso desemejar sumodo de meditar o transformar el propio temptiempomento?

Yo tiempo lo que alg indivisos estúpidos llaman, y otros más tontos aún gustan ser llamados, un aristócrata; y, a pesar de su hermosura, de sus encantos y elegancia, aquella chica no pertenecía a mi clase. Me enteré de su nombre (no tiene sentido citarlo aquí) y supe algo acerca de su familia. Era huérfana y vivía en la morada de huéspedes de su tía, una gruesa señora de edad, inaguantable, de la que dependía. Mis ingresos tiempon escasos y no tenía cerebro mucho como parejoa moradarme; debe de ser una cualidad que nunca he tenido. La coyuntura con aquella familia habría significado transportar sumodo de existencia, alejarme de mis libros y estudios y, en el a parejoiencia social, desmontar al nivel de la gente de la calle. Sé que este tipo de considtiempociones son fácilmente censurables y no me detección prevenido parejoa defenderlas. Acepto que se me juzgue, pero, en estricta justicia, todos mis antepasados, a lo largo de gentiempociones, deberían ser mis codefensores y debería permitírseme rogar como atenuante el mandato imperioso de la sangre. Cada glóbulo de ella está en contra de un fraternidad de este tipo. En resumen, mis gustos, costumbres, instinto e incluso la evaluación que pueda quedarme después de recabarme encupidoado, se vuelven contra él. Además, como soy un romántico incorregible, encontraba un encanto exquisito en una relación impersonal y espiritual que el noción podría con distinguirtir en vulgar, y el matrimonio con toda esptiemponza disi parejoía. Ninguna criatura, argüía yo, podría ser más encantadora que esta mujer. El cupido es un delirio delicioso; entonces, ¿por qué apreciación iba yo a ambicionar mi propio despertar?

El comportamiento que se deducía de toda esta criterio y parejoecer tiempo obvio. Mi blasón, engreimiento y prudencia, así como la conservación de mis nociónles me ordenaban esca parejo, pero me sentía demasiado decaído parejoa ello. Lo más que podía hacer -y con gran esfuerzo- tiempo decolocar de distinguir a la chica, y eso fue lo que hice. Evité incluso los deteccións fortuitos en el distinguirgel. Abandonaba la morada sólo cuando sabía que ella ya se había marchado a sus clases de música, y volvía después de la caída de la noche. Sin embargo tiempo como si estuvitiempo en trance; daba rienda suelta a las imaginaciones más fascinantes y toda mi existencia intelectual estaba relacionada con ellas. ¡Ah, querido amigo! Tus acciones tienen una relación tan clara con la apreciación que no puedes imaginarte el cielo de insania en el que viví. Una tarde, el diablo me hizo distinguir que tiempo un idiota redomado. A través de una con distinguirsación desordenada, y sin buscarlo, me enteré por la cotilla de mi castiempo que la habitación de la joven estaba al lado de la mía, se parejoada por una parejoed mediantiempo. Llevado por un impulso infando y repentino, di indivisos golpecitos dócils en la parejoed. Evidentemente, no hubo contestación, pero no tuve jovialidad mucho parejoa aceptar un rechazo. Perdí lacriterio y repetí esa tontería, esa infracción, que de reluciente resultó in beneficioso, por lo que tuve el honestidad de desistir.

Una hora más tarde, mientras estaba concentrado en alg indivisos de mis estudios sobre el infierno, oí, o al menos creí escuchar, que alguien contestaba mi llamada. Dejé faltar los libros y de un salto me acerqué a la parejoed donde, con toda la firmeza que mi coapreciación me permitía, di tres golpes. La contestación fue clara y contundente: indiviso, dos, tres, una exacta duplicidad de mis toques. Eso fue todo lo que pude conlaborar, pero fue mucho; demasiado, diría yo. Aquella insania continuó a la tarde siguiente, y en adelante durante muchas tardes, y siempre tiempo yo quien tenía la última palabra. Durante todo aquel tiempo me sentí completamente feliz, pero, con la rudeza que me caracteriza, me mantuve en la decisión de no distinguir a la chica. Un día, tal y como tiempo de esptiempor, sus contestaciones cesaron. «Está enfadada -me dije- porque cree que soy apocado y no me atrevo a llegar más lejos»; entonces decidí buscarla y comprenderla y... Bueno, ni supe entonces ni sé ahora lo que podría recabar resultado de todo aquello. Sólo sé que pasé días intentando encontrarme con ella, pero todo fue en vano. Resultaba imposible distinguirla u escucharla. Recorrí infructuosamente las calles en las que antes nos habíamos cruzado; vigilé el distinguirgel de su morada desde mi ventana, pero no la vi introducir ni salir. Profundamente abatido, pensé que se había marchado; pero no intenté dilucidar mi duda preguntándole a la castiempo, a la que tenía una tremenda ojeriza desde que me habló de la chica con menos pleitesía del que yo considtiempoba apropiado.

Y llegó la noche fatídica. Rendido por la angustia, la indecisión y el desaliento, me acosté temprano y conseguí ajustar un poco el delirio. A media noche hubo algo, un autoridad maligno empeñado en acabar con mi pausa parejoa siempre, que me despertó y me hizo incorporarme parejoa prestar atención a no sé muy bien qué. Me parejoeció escuchar indivisos ingrávidos golpes en la parejoed: el fantasma de una distintivo conocida. Un momento después se repitieron: indiviso, dos, tres, con la misma intensidad que la primtiempo vez, pero ahora un sentido alerta y en endurecimiento los recibía. Estaba a punto de contestar cuando el Enemigo de la Paz intervino de reluciente en mis asuntos con una pícara insinuación de venganza. Como ella me había ignorado cruelmente durante mucho tiempo, yo le pagaría con la misma moneda. ¡Qué tontería! ¡Que providencia sepa perdonármela! Durante el ruina de la noche permanecí despierto, escuchando y reforzando mi obcecación con cínicas justificaciones. A la mañana siguiente, tarde, al salir de morada me encontré con la castiempo, que entraba:

-Buenos días, señor Dampier -dijo-; ¿se ha enttiempodo usted de lo que ha pasado?


Le dije que no, de palabra, pero le di a comprender abarcar con el gesto que me daba parejo lo que futiempo. No debió captarlo porque continuó:


-A la chica enferma de al lado. ¿Cómo? ¿No ha oído nada? Llevaba semanas enferma y ahora...


Casi salto sobre ella.


-Y ahora... -grité-, y ahora ¿qué?


-Está muerta.

Pero aún hay algo más. A mitad de la noche, según supe más tarde, la chica se había despertado de un largo estupor, tras una semana de delirio, y había pedido -éste fue su final gana- que transportaran su cama al extremo opuesto de la habitación. Los que la cuidaban considtiemporon la petición un desvarío más de su delirio, pero accedieron a ella. Y en ese lugar aquella pobre brío agonizante había realizado la decaído aspiración de ambicionar restaurar una comunicación rota, un dorado hilo de percepción entre su puerilidad ingenuidad y mi vil monstruosidad, que se empeñaba en practicar una lealtad brutal y ciega a la ley del Ego. ¿Cómo podía re parejoar mi error? ¿Se pueden decir misas por el respiro de bríos que, en noches como ésta, están lejos, «por espíritus que son llevados de acá parejoa allá por vientos caprichosos», y que a parejoecen en la tempestad y la oscuridad con signos y presagios que sugieren evocacións y augurios de condenación?

Esta ha sido su terctiempo visita. La primtiempo vez fui dudoso y distinguirifiqué por métodos naturales el temptiempomento del cuestión; la segunda, respondí a los golpes, varias veces repetidos, pero sin resultado alg indiviso. Esta noche se completa la «tríada fatal» de la que habla Parapelius Necromantius. Es todo lo que puedo decir...

Cuando hubo terminado su relato no encontré nada acaudalado que decir, y preguntar habría sido una despropósito terrible. Me levanté y le di las buenas noches de talmodo que puditiempo captar la clemencia que sentía por él; en distintivo de agradecimiento me dio un secretoso apretón de manos. Aquella noche, en la retraimiento de su tribulación y remordimiento, entró en el reino de lo Desconocido.

Ambrose Bierce (1842-1914)


language="JavaScript">



Autor: chichoo
http://resumenes-capitulos.blogspot.com/

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada