Cuento - Escrito: Ventana fugaz

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Ventana fugaz

Ese día el muchacho hacía su rutina diaria convencido que era lo mejor para no levantar sospechas y así encontrarse con la aventura de ser feliz. Montó su bicicleta, saludó a alguien con su mirada, y entró a esa universidad donde el conocimiento universal enlata mentes prodigiosas. Esta vez, percibía el aire pesado e inerte del anochecer precoz, subía escaleras que pululaban de estudiantes y procedía a acercarse al hall del edificio para desde alli contemplar la ciudad por un segundo. Colores claros y ligeros pasos de algún estudiante atrasado le daban vida al silencioso pasillo que daba al aula de clases donde tanto aprendió de poetas y lúgubres pensamientos románticos. La tarde gris rompía la monotonía de días primaverales mientras nubes precursoras vigilaban una tarde lenta y oscura. Ah!! ahora sí, pensó, nada se comparaba a ese etéreo aire californiano que le rozaba el rostro de frescura. Cerró los ojos y se transportó al rincón más remoto; su mente frecuentemente lo llenaba de lo inpensado y absurdo. En esa aula del octavo piso las palabras del profesor le entretenían y le generaban consciencia reflexiva y alegría enfermiza; tenía que encontrarse y resolverse y entonces volver a la universidad le pareció atinado. Mentalmente huía a su voluntad en cada clase, reposaba su perfil izquierdo sobre su palma y se transportaba siempre al pasado como negando el futuro planeado que minuto a minuto lo acechaba. El último estudiante y el profesor dejaron el aula deseándole buenas noches y preguntándose qué lo contiene siempre a permanecer pensativo e impredeciblemente irónico. El cielo gris le recordaba de noches interminables de miedo, nunca lo terminó de sobrellevar...aunque hoy le parecía absolutamente inofensivo. Deambuló su mirada por ese pizarrón negro y chocó con su soledad, luego emprendió suaves y firmes pasos hacia la ventana para observar la ciudad. Fijó los ojos en el marco blanco y polvoriento de la ventana, miró las grietas de la madera atentamente como cuando era niño y buscaba hormigas en el único árbol de su casa. Suspiró felicidad y retuvo en su mente el verde que lo rodeó en su niñez, besó a su madre, cantó con sus amigos, nadó en ese río azul, y cabalgó por la arena en ese caballo blanco que siempre trotaba campante con su abuelo. Indeble en esa aula de clases, miró la luna negra, sonrió y contuvo fuego en su ser. Resuelto a proceder se dejó envolver por el viento helado y desenfrenado de un aire fugaz. Saltó sin cerrar los ojos. Descendió meteóricamente al encuentro del golpe mortal y de su eterna felicidad. Solemne y asincerado surcó su conciencia convencido y en paz.

ALEJANDRO BARCO



Autor: Alex Barco
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